Arquitectura de muerte

Para ponernos en antecedentes, Asplund fue el padre de la arquitectura moderna escandinava, y por consiguiente el maestro de otros maestros como Alvar Aalto, Arne Jacobsen o Jørn Utzon, imaginad nuestra emoción.
A pesar de tratarse de una mañana especialmente fría, paseamos hipnóticamente por el pinar durante un par de horas, cabe destacar que el pinar es el cementerio, y que las tumbas se pierden entre los árboles, encontrando su espacio de recogimiento y de menor escala. En el acceso, un par de brazos te acogen y te dirigen hacia el sendero de las capillas y el crematorio. No parece un cementerio, la apariencia es la de un parque apacible y tranquilo. No se ven las tumbas y tampoco mucha gente, y eso que se trata de un cementerio muy transitado, con una media de más de 2.000 oficios al año. Una cruz imponente nos espera paciente junto a las construcciones, aportando las connotaciones religiosas. A la derecha, podemos ver la Colina de la Meditación, único emplazamiento donde los árboles son caducos, 12, como los meses del año, a la que subimos por una rampa de grava, que nos hace acceder lentamente, escuchando nuestros pasos al crepitar, pero de la que bajamos por escalones de piedra, con una pendiente más tendida al principio y más empinada al final, que nos devuelve a la ciudad, a la cruda realidad. En el camino, nos vamos topando con otras capillas, el atrio, el lago y el crematorio, para acto seguido meternos en el parque de árboles y tumbas, donde encontramos una secuencia de claros situados entre los pinos, donde descansan muchas tumbas. De entre todas ellas, destaca una en especial, es de mármol granate, y está algo elevada sobre las demás, se trata de la tumba de Greta Garbo. También encontramos otras capillas, la Capilla del Bosque, de madera y de cubierta muy inclinada, la hace parecer un árbol entre los árboles, las fachadas rectas se transforman en una columnata circular y una cúpula con óculo central. Todos los pequeños detalles están muy pensados, la evacuación de las aguas, los recorridos de las personas, el diseño de las cerraduras, el atrio que nos lleva al cielo a través de una gran escultura, todo. Todo ayuda a obtener un ambiente de paz y tranquilidad, de recogimiento, de facilitar el tránsito a vivos y muertos y tener un lugar adecuado de descanso y de reflexión para los verdaderos usuarios del cementerio. Para mi, es un claro ejemplo de como acompaña la buena arquitectura en todos los momentos de la vida, y de la muerte, especialmente si facilita aquellos que son más complicados de aceptar y de entender. Podría seguir escribiendo y describiendo las bondades del Cementerio del Bosque, pero de lo que no cabe duda, es que se trata de una arquitectura de muerte.
Foto. Cementerio del Bosque. Cruz y Colina de la Meditación. Diciembre 2016. Susana Vázquez